Ser o no ser ¿pirata?

por Francisco Reveles

[texto publicado en 1995]

Llegas a ver qué está haciendo tu cuate en la computadora. Lo encuentras entretenidísimo disparándole con una pistolita –que tardas en reconocer que es una pistolita– a cuanta cosa se mueva en su pantalla. Le preguntas el nombre del jueguito ése que parece tan entretenido, y no por lo que ves en el monitor, sino por la concentración que induce en tu amigo, a quien tú juzgas una persona con buen gusto y equilibrada: “Es el ‘dum’…” musita y se vuelve a clavar en lo suyo, las manos crispadas al teclado.

“¿Dónde lo conseguiste?”, preguntas, un poco por hacer plática, un poco por curiosidad. “Me lo pasó mi primo… Si quieres, mételo en tu máquina, por ai’ tengo el disket.” La verdad ibas a preguntarle algo del trabajo, pero lo viste tan metido, y como no quieres hacerle el desaire, en un momento de debilidad inadvertida le aceptas la oferta. Llegas a tu lugar, copias el famoso programita, lo corres mientras piensas: “Nomás le voy a echar un ojo; luego me voy a comer y en la tarde saco los pendientes”. Y ese fue el fin. No sólo acabas de convertir a tu sofisticada herramienta de trabajo en un generador de compulsiones inexplicables, sino algo peor: acabas de convertirte en un consumado pirata de propiedad intelectual. ¿Eso te convierte en un criminal? Todo depende de a quién le preguntes.

Una propiedad que vale mucho: la intelectual

Cuando Bill Gates –cofundador y presidente ejecutivo de Microsoft y, por ende, máximo patriarca del software (legal, cabría agregar)– era sólo un chamaco, hizo el primer programa para la primera computadora personal, la Altair 8800. Su programa fue copiado y distribuido sin contemplaciones entre los nacientes fanáticos de la computación, lo cual encorajinó al también naciente empresario, quien entre insultos a estos “ladrones sin principios” (que los hay de otros) se quejaba de que así nunca iba a hacer dinero con su trabajo. Así que ya sabes la opinión del buen Billy.

Algo pasó, sin embargo, porque Gates sigue ahí, dedicándose a lo mismo, y con una fortuna estimada en 12 mil 900 millones de dólares. Y, por otra parte, los piratas también siguen ahí, gozando de cabal salud.

Y, a menos que mucho nos equivoquemos, no es probable que los grandes piratas de nuestros tiempos desaparezcan en el corto plazo. Organizaciones serias y tenaces en la lucha contra la piratería de software, como la Business Software Alliance (BSA), reconocen amargamente que en Europa del Este y parte de Asia, el uso de programas de cómputo copiados ilegalmente anda por el 97% del total. La Software Publishers Association (SPA) calculó que en China, durante 1994, 98% de los programas eran piratas, y que el promedio de gasto en software empresarial por cada nueva computadora era menor a los dos dólares. En un país tan formal como Inglaterra, la BSA estima que 43% de todo el software utilizado es ilegal. Según cálculos de esta organización, el fenómeno en su conjunto genera pérdidas por 10 mil millones de dólares anuales a los editores de software.

En busca de El Dorado

Uno de los fenómenos de piratería más elegantes, menos riesgosos y más lucrativos es el de copiar ilegalmente CD-ROM originales.

Según un reporte de la revista inglesa Esquire, las copias que se logran con los procesos actuales son digitalmente perfectas. El programa ilegal brinda las mismas funciones que el original, a un precio hasta cien veces menor.

Hay dos maneras de copiar CD’s, según el tipo del disco. Los silver CD (los plateados, como en los que se edita la música), que sólo pueden ser editados en plantas de alta tecnología, y cuyo costo de producción por copia va de 80 centavos de dólar a poco más de tres dólares, y los gold CD (los dorados, en los que puedes grabar información), que puedes copiar caseramente uno por uno a razón de cinco dólares el ejemplar, para lo cual tienes que ensamblar primero un master en gold CD a partir del software copiado ilegalmente. Lo más fácil: fusilarse el trabajo de un colega pirata. Claro, además tienes que tener el equipo apropiado, que cuesta poco menos de 8 mil dólares. Pero pronto saldrán a la venta grabadoras de CD que pueden copiar discos comerciales en gold CD vacíos, y que costarán unos 800 dólares.

Según la empresa de Bill Gates, Microsoft, desarrollar el ambiente operativo Windows 95 costó 240 millones de dólares (por eso les urgía venderlo). Y si te pones a pensar que cientos de copias ilegales del programa, 100% funcionales, andan circulando por los mercados asiáticos a precio de baratija, es natural que te compadezcas de sus creadores, pero no te apresures.

En primer lugar, quedamos al principio en que tú también tenías tus pecadillos. Por lo menos es altamente improbable que no hayas sacado provecho, en algún momento de tu vida, aún sin saberlo, de un programa pirata, y no hablamos de jueguitos. Probablemente alguna compañía para la que has trabajado compró alguna vez un paquete de un programa indispensable para sus actividades y lo instaló en unas cuantas máquinas, o en decenas de ellas, o en miles…

En segundo lugar, se puede ver el dilema desde otra perspectiva. Las organizaciones antipiratería calculan que los desarrolladores de software pierden miles de millones de dólares por culpa de la piratería, pero ¿quién garantiza que de no existir las copias piratas esos consumidores comprarían los paquetes comerciales? En cuanto a los juegos, muchos simplemente no jugarían. Y el sofware de trabajo a la gran mayoría no le alcanzaría para comprarlo.

Uno de los impulsores de Internet, Richard Stallman, creó la Free Software Foundation bajo el principio de que mientras más gente use un programa, mayor es la contribución del programa a la sociedad. Stallman está convencido de que legislación actual sobre propiedad intelectual, basada en los medios impresos, es inaplicable a los formatos digitales.

Es cierto lo que dice la Software Publishers Association: “Los usuarios de los programas de cómputo bajo licencia reciben documentación, asistencia técnica e información sobre las actualizaciones de los productos. Por otro lado, para las empresas es mucho más fácil mantener la integridad y seguridad de sus sistemas informáticos cuando sólo utilizan copias de programas de cómputo autorizadas”. Sin embargo, a veces no se trata de algo moral, sino de un imperativo de la realidad. Salvo los abusos de grandes empresas, típicamente el profesional o la pequeña empresa hacen uso de copias piratas mientras logran capitalizarse para gozar los beneficios de la legalidad.

Si las empresas de software no estuvieran tan preocupadas por vender, a un precio generalmente elevado, la mayor cantidad de paquetes de la última versión del sofware más versátil que nadie haya visto, quizás estarían más atentas a las necesidades especiales y especializadas de sus clientes potenciales, necesitados de herramientas enfocadas más a tareas específicas, y que también necesitan sentir que manejan una plataforma confiable, que no va a cambiar de la noche a la mañana con los últimos adelantos tecnológicos.

Ante la vertiginosa diseminación de un fenómeno comunicativo como Internet, donde proteger la propiedad intelectual es tarea de un dios cibernético, tal vez nos veamos, después de todo, obligados a inventar nuevas reglas del juego. Confiemos en que sea cierto aquello de que la necesidad es madre de la invención.

Para mayor información sobre la filosofía de la Free Software Foundation, recomendamos consultar:

Why Software Should Not Have Owners by Richard Stallman

Un pensamiento en “Ser o no ser ¿pirata?

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