Enredados en el mañana

por Francisco Reveles

“…Al final, no importará mucho que hablemos con un ser humano o con una simulación muy buena de él, pues obtendremos las respuestas que necesitamos para hacer una compra correcta…”
Bill Gates, Camino al Futuro

[texto publicado en 1996]

Una de las actividades más redituables de los brujos es trazar el mapa del porvenir. Con mayor o menor atino, con más o menos seriedad, el practicante ejecuta todo tipo de mancias para lograr aunque sea un atisbo de ese territorio inexplorado por definición que se define por todo lo que no es, ni ha sido.

Como aprendices de brujo en el ámbito de las tecnologías de la información, trataremos de hacer lo propio: adivinar cómo pintará el panorama en los años venideros. Sobre todo, cómo este tipo de tecnologías incidirá en nuestra vida cotidiana. Dejaremos a un lado por el momento los tallos de milenrama o el asiento de la taza de café. Salvo en caso de desesperación, recurriremos en cambio al caudal de información que sobre estos temas ha invadido en fechas recientes nuestras vidas. La dificultad para ver el futuro consiste aquí no en la falta de pistas, sino en el exceso de letreros en el camino que dicen: “tome por aquí”.

Lo que trataremos de hacer es despejar un poco el panorama. Y si nos equivocamos, que sea porque la realidad mejoró nuestras expectativas, no al revés.

¿Por qué pensar el futuro?

Porque si no, alguien más lo pensará por nosotros. Pareciera que el ruido que genera la propaganda de todo tipo de artilugios informáticos no nos permite detenernos a meditar. ¿O sí?

Se nos induce a creer que el futuro, si bien desconocido, tiene una configuración particular, y que no podemos hacer nada al respecto salvo, tal vez, sentarnos cómodamente y cartera en mano a que el glorioso destino (supercarretera de la información o como se le llame) nos alcance.

Lo cierto es que las compañías que actualmente dominan los mercados de la computadora personal, de las redes corporativas, el emergente de Internet –y otros como el de las telecomunicaciones y el de los microcircuitos–, están dando forma a ese futuro. Lo incierto es si cualquiera de nosotros podrá participar en decisiones que a todos influirán. La pregunta de arriba debe invertirse: ¿Por qué no?

¿El fin de la PC?

La computadora personal, el único aparato que cuando uno lo compra es sublime y 18 meses después es cuasi ridículo, como residuo negativo de la Ley de Moore, que establece que el poder de procesamiento de datos se duplica en ese mismo lapso (lo que significa que hay nuevas máquinas que hay que correr a comprar), podría tener sus días contados frente a una prima hermana en gestación que, si bien no tendría problema en obedecer a la misma ley, tendría un ciclo de vida más largo en beneficio del usuario.

El producto en ciernes se ha bautizado como Network Computer (NC), o Computadora para Red. La idea tiene mucho que ver con el concepto (que ellos llaman paradigma) de computación centrada en la red (network-centric computing) enarbolado por IBM. Y depende en gran medida del futuro del lenguaje de programación Java desarrollado por Sun Microsystems o de uno que, como éste, permita la creación de pequeñas aplicaciones que puedan ejecutarse en cualquier plataforma.

Una diferencia fundamental con la PC actual es que, en vez de cargar un corpulento sistema operativo y encima de éste poderosas pero complejas aplicaciones que exigen –cada una de ellas, ya no se diga juntas–, gran velocidad de procesamiento y amplia capacidad de memoria y almacenamiento, la NC portaría un sistema operativo ligero y poderoso (cualquiera, no importa), requeriría menos memoria y menos capacidad de almacenamiento y, lo más importante, ejecutaría aplicaciones que no residen en ella, sino en Internet o en alguna de sus redes afluentes; o en cualquier servidor de red local que prestara ese servicio.

Otra diferencia fundamental es que los principales interesados en poner a disposición del público estas máquinas se han fijado como tope de precio 500 dólares.

Muchos confunden, o les conviene confundir esto con una terminal tonta de red, donde las aplicaciones corren en un servidor central. En el caso de la NC, los programas correrían totalmente en la máquina del usuario, una vez “bajados” de la red, que funcionaría en este sentido como un amplísimo catálogo de programas. El truco está en que no son gigantescos monstruos de software que tardarían horas en comenzar a ser útiles, sino pequeños componentes abocados a una sola función que se irían llamando según los requerimientos de cada sesión de trabajo, o de una sesión de trabajo estándar (o de entretenimiento). Estos componentes serían compatibles entre sí de manera que, si se requiere hacer algo complejo, se puede hacer combinando los módulos necesarios.

En teoría, debe funcionar. Aquí el problema está en los detalles. Una arquitectura abierta como la que se plantea tendría que probar que es una opción suficientemente buena para desbancar a sistemas operativos tan establecidos como DOS y Windows (de Microsoft), OS2 (de IBM) y Mac OS (de Apple). No sólo eso, sino que las aplicaciones que se desarrollaran para tales sistemas tendrían que satisfacer las exigencias de los usuarios profesionales de programas de aplicación integrados. Todo esto a partir de cero, o casi.

¿Qué pasará con los usuarios (¿100 millones, 200?) de las computadoras y los programas actuales –80 por ciento de los cuales provienen de la compañía de un hombre que ve el mundo como un gran mall cibernético ultrapasteurizado y homogeneizado–?

La respuesta depende de cada uno de esos millones. Cualquiera de esas máquinas actuales, aligerada y con un leve ajuste (más barato que seguir pagando actualizaciones) funcionaría como una NC.

Por otro lado, la oportunidad se abre para muchos que han sido dejados fuera: modestos desarrolladores de programas podrían competir con los grandes de la industria; usuarios con menos recursos podrían ayudarse profesionalmente de la computadora; el uso de computadoras como complemento de la educación llegaría a rincones usualmente sin acceso a las nuevas tecnologías. Y todo con un equipo diseñado especialmente para navegar en Internet o en cualquier otra red que utilice estándares abiertos.

La madre de todas las ciberbatallas

Si la montaña no va a Microsoft, la montaña va a Microsoft. Esa parece ser la estrategia del pulpo del software que recientemente declaró la guerra a casi todos los demás protagonistas del cambio tecnológico en un campo de batalla que sólo desde su llegada se concibe así: Internet. No es que no sepan lo que hacen; en todos los frentes la compañía de Bill Gates ha revelado un plan de acción al parecer consistente para el largo plazo. Tampoco es problema que Microsoft sea una empresa casi novicia en este terreno. Ni siquiera es probable que un triunfo arrollador de las NC acabe con este emporio. Cuando los de IBM, Sun, Oracle, Netscape y otros se despierten, Bill seguirá ahí. Lo cual no importa. En realidad, no importa quién gane.

Lo que sí importa es cuál será el paisaje de un día después. Las posibilidades del futuro son infinitas. Es totalmente plausible un mundo (o por lo menos, la parte urbana del mundo) en donde, “si vemos la película Top Gun y nos gustan los lentes de sol de Tom Cruise … podremos detener la película y saber todo lo relacionado con ellos, incluso comprarlos sobre la marcha si la película está ligada de alguna manera a la información comercial”, como propone Bill Gates. Pero, ¿queremos ese mundo?

Con melón o con sandía, con PC o NC, la vida puede convertirse en un gran comercial televisivo. Yo sólo digo que mientras más personas de múltiples intereses tengan acceso a herramientas útiles de proceso de información y comunicación a distancia, será más fácil generar los equilibrios entre los obvios requerimientos de la economía de mercado y las necesidades de una vida que conserve el calor y el color de ser humano.

Un pensamiento en “Enredados en el mañana

  1. Pingback: Volver al futuro visto desde el pasado 1 | nihilalienum

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