Comunidades virtuales

por Francisco Reveles

[texto publicado en los 90, año por precisar]

El término Realidad Virtual ha contribuido mucho para que el adjetivo “virtual” se asocie con algo falso, ficticio o artificial. Por extensión, la idea de comunidades virtuales trae a la mente lugares inexistentes en el espacio electrónico, mundos creados con el look and feel del ciberespacio, un término que cada quien usa como mejor le conviene.

En su ensayo The Logic of the Virtual Commons, Marc A. Smith, del departamento de Sociología de la Universidad de California en Los Angeles, define el término “comunidad” de manera genérica: “…una comunidad puede ser entendida como un conjunto de relaciones sociales que tienen efecto bajo el vínculo de un interés común o una circunstancia compartida. Como resultado de lo cual, las comunidades pueden ser intencionadas o sin intención, y sus participantes pueden congregarse a propósito o volverse integrantes involuntarios de las mismas por causa de dicha circunstancia…”

En una comunidad circunstancial, una fuerza externa mantiene unidos a sus integrantes, como la retribución económica de los empleados de una empresa; los límites geográficos en el caso de los habitantes de una colonia; o el hecho de tener una determinación racial común, o estudiar en la misma secundaria.

El misterio está en qué mantiene unidos a los miembros de una comunidad intencionada. Por supuesto, los intereses compartidos, como se dijo, pero no sólo. ¿Por qué, por ejemplo, no existe una comunidad de guitarristas de la colonia del Valle y sí, en cambio, guitarristas de cualquier parte del mundo se juntan en foros de discusión dispersos en Internet? ¿Por qué es más difícil que se organicen los colonos de una unidad habitacional para resolver un problema común de suministro de agua a que se formen espontáneamente grupos internacionales de especialistas en conspiraciones secretas?

En la mayoría de los casos es difícil lograr que una comunidad unida por la circunstancia se convierta en una comunidad unida por la intención, pero esto sucedió con la reacción ciudadana a los estragos de los sismos de 1985 en la ciudad de México.

Parte del problema está, por supuesto, en la dificultad de acercarnos a nuestros semejantes cara a cara, llenos como estamos de prejuicios sociales y desconfianza. El colmo es cuando nos consideramos abiertos, pero estamos seguros de que el prójimo es el intolerante.

Internet está libre de las fricciones del enfrentamiento cara a cara entre seres humanos de distinta condición social, sexual, racial, cultural. En la red mundial no hay alguien demasiado feo o demasiado gordo o demasiado viejo. Hay, eso sí, un predominio del inglés como moneda de uso corriente para el flujo de la comunicación. Pero no tiene por qué ser siempre de esa manera.

Así que es posible, aún con un ancho de banda tan limitado en las redes de comunicación que a veces sólo permite transmitir texto de manera eficiente, y en muchos casos precisamente por esta limitación, formar comunidades intencionadas reunidas en torno a intereses de todo tipo, y estas son comunidades reales, puesto que detrás de ellas hay seres humanos con la intención de formarlas. El término “virtual” se emplea en este caso para denotar el hecho de que estos grupos de personas han escogido un medio alternativo al contacto físico para interactuar socialmente.

La red que componen recursos como Usenet y la World Wide Web tiene en su funcionamiento un alto sentido comunitario, con reglas de comportamiento no escritas puestas a prueba por años de experimentación con el medio por parte de sus millones de usuarios.

La Aldea Global que imaginaba Marshall McLuhan, sumada a la diversidad de intereses que cobran vida en el mundo en línea, se traduce en un complejo entramado de múltiples aldeas globales, que se influencian unas a otras como vasos comunicantes de un mismo fluido electrónico.

Por otro lado, Internet se distingue de otros medios electrónicos existentes y por existir en algunos aspectos importantes:

El modelo de comunicación de muchos puntos hacia muchos puntos, a diferencia del teléfono, que es de punto a punto, o de la radio y la televisión, que son de un punto a muchos puntos. La televisión interactiva, por ejemplo, sólo agrega al modelo de la TV tradicional la posibilidad de que esos muchos puntos a los que llega la señal manden a su vez algún tipo de señal al punto de origen, la cual se limita a indicar nuestras preferencias sobre un menú de opciones predeterminado.

Como en los medios impresos, en Internet hay un sentido de permanencia, básico para la sensación de comunidad. Lo que ahí se publica, queda disponible durante un cierto tiempo, incluso discusiones que se llevaron a cabo vía intercambio de mensajes años atrás. Los medios impresos duran más, ciertamente, pero su consulta ofrece obstáculos que no tienen comparación con la dinámica de la información en este medio.

Internet no es de nadie (por el momento) y es de todos los que lo componen. Es un sistema distribuido.

Tal vez la lección de estas comunidades virtuales que se encuentran por doquiera en Internet es que podemos, después de todo, funcionar como individuos dentro de una sociedad y mantener junto a los demás ese delicado equilibrio que es el bien común.

 

Un pensamiento en “Comunidades virtuales

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