Adiós a la inocencia

por Francisco Reveles 

[texto publicado en 1996]

Las computadoras son una herramienta maravillosa. Y aquí la palabra importante es “herramienta”, no “maravillosa”. Sin embargo, existe una tendencia, valga decir global, de la información que considera estos artefactos como simples y llanas maravillas, capaces no sólo de solucionarnos la vida en los ámbitos personal y laboral, sino de enseñarnos una nueva forma de vivir. No importa si los sueños prefigurados por los gurúes pro-tecnológicos no se cumplen en los plazos prefijados, o no se cumplen a cabalidad, o no se cumplen nunca. Lo que importa es que, potencialmente, en el mundo digital y platónico de las ideas, existe la llave cibernética de la felicidad, y consiste, básicamente, en una especie de computadora personal.

Vivimos en una era pretecnológica. Por lo menos previa a una plenitud informática donde la supercarretera de la información nos permita abstraernos del mundanal ruido, en un fabuloso desapego de los asuntos más cotidianos, como abrocharse las agujetas.

Así explicaba su adicción a las drogas el protagonista de Drugstore Cowboy (Gus Van Sant, 1989); como una manera de afrontar la pesada carga de la vida cotidiana. Y ponía precisamente el ejemplo de los zapatos.

Cuando comenzamos a necesitar vejigas para nadar, nuestra psique se encuentra en un estado de indefensión parecido al del adicto, y se nos puede vender con facilidad toda clase de paraísos artificiales. Electrónicos, entre ellos.

¿Información para todos? De acuerdo, pero ¿qué información? y ¿quiénes son todos? En el panorama actual, “todos” se refiere a un universo de clase media o alta urbana y letrada, y el esquema que quieren hacer predominar los grandes consorcios informativos, tecnológicos o de entretenimiento es: “nosotros los grandes generamos la información (o los servicios, o los productos) y ustedes los pequeños los consumen vía la ubicua red global”.

La proliferación de páginas electrónicas personales en Internet demuestra que hay otros modelos por explorar.

Eso en lo que hace a la información como producto. Pero aún queda el asunto de la automatización del mundo, donde el control efectivo de corrientes de información (que no son otra cosa que impulsos electrónicos) determina la eficiencia de sistemas que operan digitalmente. Aquí no hay margen de error. Lo que no funciona, no funciona; lo que está mal diseñado, no funciona, y lo que trabaja de maravilla, tampoco funciona.

Todos los que usamos una PC hemos recibido lecciones amargas sobre la falibilidad del hardware y el software. Pero ahora vienen a cuento dos hechos que ilustran este asunto.

Recientemente Microsoft dio la nota con los errores conceptuales de su programa de sinónimos en español para Word 6.0, derivados de querer buscarle equivalencias a los gentilicios. ¿Esto es grave? Tal vez. De lo que sí es indicativo es de un hecho fundamental y muchas veces olvidado: por más sofisticado que sea un programa, y esto puede extenderse a cualquier invención humana, siempre obedece a una concepción del mundo. Y esta concepción puede estar equivocada, como es el caso; llena de prejuicios culturales o de otros vicios. Si se vislumbra un futuro donde se automatice hasta el modo de pensar (¿es un decir?), habrá que tener presente que los sistemas que hagan esto posible estarán diseñados a partir de una visión del mundo particular, no necesariamente correcta, o no necesariamente compartida por todos.

El otro asunto es lo que se ha dado en llamar la crisis computacional del año 2000, que parece quererse adelantar un poco.

Se trata de algo muy trivial. La mayor parte de los sistemas informáticos codifican los años con dos dígitos. Así que año 2000 corresponde el código 00, ¿cierto? Muy cierto; el problema es que nadie le informó a estos sistemas que por ningún motivo fueran a confundir el año 00 (el 2000) con el año 00 (el año 1900). Sencillo, ¿no?

Pues no, porque ya comienza a ser muy tarde para resolver algunos de los problemas que esto ha generado.

Un artículo de David L. Chandler, del periódico The Boston Globe, cita algunos casos, que van desde sistemas de renta de autos que deciden que una licencia que expira en el año 2000 venció hace 96 años, pasando por sistemas de tarjetas de crédito que a la vuelta del siglo podrían cargar 99 años de intereses al cliente, hasta controles computarizados de bancos de sangre que asumirían que todas las unidades de sangre almacenadas estarían en buen estado, pues sus fechas de expiración serían posteriores a 1900, año que tomarían como el presente.

Ante esta situación, dos compañías aéreas decidieron no tener aviones en vuelo en la transición del 1900 al 2000, por posibles fallas en los sistemas de control de tráfico y en las propias aeronaves. Una precaución, la de no volar antes de caminar, que bien podríamos considerar de cara a la era tecnológica.

Un pensamiento en “Adiós a la inocencia

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